miércoles, 29 de mayo de 2019

Oficios.

Hubo una condecoración decente, una medalla y una pasta de dientes ultra fina y chetísima (dícese de algo muy sifrino o caro) que no puedes comprar con tu salario en el supermercado. El curso tuvo una duración de 365 días en el exterior del país y en el interior de algún sitio de A.T.A.C. Desde entonces, ejerzo.


Todo comenzó en el año 3612, o en el 5200; ni ustedes ni yo sabemos cuánto tiempo ha pasado en los relojes desde que nos hicieron tener que estudiar para este tipo de profesiones. Incluso tengo un dibujito aquí a la izquierda que describe perfectamente mi oficio, si lo vieran.

Sí, mi oficio es el de hipócrita.


Me despierto con un “buenos días” mecanografiado sobre mis dientes incisivos (previamente blanqueados con la pasta que ya les comenté), entonces me dirijo a la tetera y le pregunto cómo está, a lo que ella responde: “Bien”, con ese tono falso y agudo que usamos para hablar cuando mentimos. Por suerte, la caja de tés no habla, así que me evito otra charla matutina incómoda que hará ensanchar mi sonrisa para cortar la tensión en el aire.


La cajita la decoré con todo el entusiasmo de una rubia norteamericana que tiene algún Porsche rojo en su garaje. Mi sonrisa ilumina toda la casa; por eso, el recibo de la luz no sube de los 200 pesos, casi no necesitamos electricidad. ¡Qué bien! Alégrense ustedes también.


Entonces, a eso de las once menos cuarto de la mañana, ha comenzado mi danza de abeja cuyo lenguaje podría identificar solo un psicoanalista cuya tesis se basó en comportamiento sociópata, o bien podría ser descifrada por alguna Carla falopera que diese clases de lingüística en alguna universidad pública.


Cuando me marca la una en el reloj pulsera, salgo a la empresa donde me desempeño como “prostituta Jr. de la hipocresía”. Todavía soy Jr. porque parece que es imposible llegar al puesto tan elevado que tiene mi jefa en la empresa, quien se desempeña como Embajadora de la Hipocresía y el Engaño, y a su vez maneja la famosísima empresa del Dr. Doofenshmirtz en el área limítrofe.


Al llegar, mi voz comienza a iluminar todos los rincones y, a eso de las trece treinta, ya tengo puesto mi traje, entonces procedo. Me acerco a las mesas con bandejas con incrustaciones de diamante y gemas de oro fundido, y les sirvo mi blanca sonrisa, que pocas veces tomó mate en su corta vida.


Ellos me pagan por sonreír.

 

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Una niña de madera